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Equilibrio

  • Foto del escritor: Javier Fontcuberta
    Javier Fontcuberta
  • 25 mar 2025
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 12 abr 2025

¿Qué te está diciendo la vida y qué te pide el corazón? En la mezcla de esas dos preguntas se encuentra el equilibrio vital.


La vida me estaba pidiendo que apretase, cuando mi único deseo era aflojar. El corazón y las buenas intenciones tienen un límite, que viene marcado por los condicionantes con los que uno se desarrolla. No es tan relevante lo que uno vive, sino el cómo lo procesa. Puedes entrar en guerra sin estar preparado y verte constantemente empujado a situaciones en las que nunca desearías estar; o bien, puedes haber nacido en un país en paz y verte tan involucrado emocionalmente en una guerra, que acabes participando en ella.


No importa el lugar, el trabajo, el dinero, la comida, la casa, la cultura… Todo ello es importante o deja de serlo según nuestro proceso interno. Hay una cosa que sí importa, el prójimo. El prójimo es un reflejo de nuestra persona, e igual que reconocemos su existencia, reconocemos la nuestra. Nos conocemos a través de los demás.


Hay quien se pierde en los deseos de gloria, aquellos que solo buscan la aprobación de los demás para ver su reflejo cubierto de oro. Hay otros que olvidan su reflejo, por ver un entorno demasiado oscuro. Sufren de impotencia, ya que muchas cosas son relativas, menos el prójimo y el propio reflejo. Creen que el mundo está roto y buscan desesperadamente cambiar las circunstancias. Si bien es cierto que el prójimo reafirma nuestra persona, nosotros decidimos a quien tratamos de alumbrar con nuestros actos.


No hablo de un espejo; podemos ver el resultado de nuestra decisión en una mirada, en una sonrisa, en una palabra oculta entre otras muchas inconexas, en un gesto, en un cambio, en una muestra de alegría, de aquel que siempre pensamos que vivía en la oscuridad…


La vida es una y muchas, la existencia es un todo. No es relativa, es absoluta. No somos más importantes, ni debemos darnos mayor peso, si pensamos en los designios divinos. Si la pregunta es la funcionalidad de ese conjunto, el plan divino… Igual de complejo que ese plan es nuestra mera pregunta.


Creo que las grandes preguntas se responden mejor de manera sencilla y, aunque no dudo que tendré otra respuesta pasados unos años, creo que un plan, una respuesta, solo se aplica a aquellos que piden una solución. No es el plan divino lo que buscamos, es el plan del ser humano y ¿Qué es lo que planeamos?


¿Cuáles son los deseos comunes que distinguen al ser humano?, ¿Cuál es nuestro fin?, ¿Cuáles son nuestras características?, Por todo esto resulta tan difícil entender a Dios. La respuesta no es única, al igual que los planes. Vivimos una existencia compartida con otras muchas, tan únicas como la nuestra y es por ello que solo conociendo nuestro pensamiento y nuestro corazón entre tal vorágine de estímulos podremos entender cuál es ese plan divino o, más sencillo, qué es lo que me pide el prójimo y qué es lo que me pido a mí mismo.

 
 
 

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