Llegar a ser
- Javier Fontcuberta
- 4 may 2024
- 2 Min. de lectura
"Somos como una piedra llena de aristas y lo que hace el paso del tiempo, como el agua, es limar estas aristas y acercarnos a nuestra esencia como seres humanos, como individuos únicos".
Puede que una piedra pequeña, redonda y agradable a la vista fuese antaño, aunque tosca y arisca, lo suficientemente grande como para desviar el curso de un río. Llegamos al mundo con el ansia de que todo se haga según nuestra voluntad y esa fuerza ciertamente tiene su efecto. La fuerza de esa roca inmensa y el poder imparable del río chocan.
La piedra, grande, pero finita y el río sutil pero inmortal. Los primeros años, la roca genera tal presión que entorpece el curso del río, le obliga a desviarse. Sin embargo, lo que la gigante roca no percibe, es el sutil pero continuo desgaste que está sufriendo. A medida que el tiempo pasa, no es el río el que cede; el río, ya sea en silencio o a trompicones, continúa su curso. La roca es la que cambia, la que debe cambiar. Al principio es tan grande que parece que la presión del río no tiene efecto en ella, pero el río continúa sutil y poderoso y, a razón de años, la piedra comienza a moverse.
Después de que la piedra se mueva por primera vez, su voluntad se ve doblegada al inevitable curso del río. Al principio todo son golpes atronadores y desbroces de aristas que se despiden en cada choque. Pasado un tiempo, la piedra parece saber nadar y se encuentra con innumerable piedras que la acompañan en esta travesía. Al final, la voluntad de la roca, que en sus comienzos ayudó a regar una vera del río, antes seca; ahora descansa en los desiertos de África, convertida en polvo y aire.





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